Religión, laicismo, sociedad.
Perspectivas desde el ateísmo contemporáneo
Francisco Miñarro,
Coordinador de
Ponencia presentada el
16 de diciembre de 2006 en Talavera de la Reina (Toledo), durante la celebración
de
***
Ser ateo consiste en no
creer en ningún dios. La tradición de la increencia,
fundamentada desde hace siglos a través de un proceso de especulación teórica y
filosófica, es producto de la racionalidad y del rechazo a suscribir los
contenidos dogmáticos de la superstición religiosa. La expresión pública del
ateísmo surge, por lo tanto, como consecuencia de un proceso de crítica.
La fe religiosa, por el contrario, es adquirida como resultado de un aprendizaje
social, que tiene como marcos principales la escuela y el hogar, y que responde
a concretos mecanismos de reproducción ideológica. Esta adquisición obedece a
la necesidad de supervivencia de las elaboraciones teológicas correspondientes,
al objeto de mantener vigentes las normativas éticas que posibilitan la función
de cohesión y de dominación que caracterizan a los monoteísmos históricos.
Tales normativas se definen por su pretensión de racionalidad, por la
inverosimilitud de su discurso y por su referencia a mitos de salvación
espiritual.
La noción de Dios de los monoteísmos es una
extrapolación del conjunto de los atributos del ser humano, es decir, una proyección
antropomórfica del ego. Esta ilusión idealista implica además, por lo general,
una condena del libre examen, un incremento de la percepción de dependencia y
un afianzamiento de la dogmática como forma sustitutiva de
Cuando en las sociedades humanas disminuye la fe apegada
a certezas absolutas, a ángeles caídos, profetas, animales sagrados, partos virginales
o infalibilidades suprahumanas, lo que surge, como
nos enseñó Descartes, es
Afirma el filósofo contemporáneo norteamericano Sam Harris que la fe puede
justificarlo todo, y por lo tanto debe permanecer lejos de la política, dado
que la religión constituye un factor de conflicto al presentarse siempre como un
elemento diferencial y excluyente. Ninguna situación histórica en la que haya
predominado el espíritu religioso se ha caracterizado nunca por ser tolerante
con la disidencia.
A diferencia de los defensores de un pseudo-laicismo tímido y obediente, que aboga por la multiconfesionalidad del Estado y por la convivencia
pacífica entre y con las confesiones religiosas, los miembros de
Aspiramos, en suma, y ciñéndonos a nuestro ámbito
social y cultural, a descristianizar
radicalmente la política y la educación.
Por supuesto, nuestros medios no
pueden ser los que han utilizado las grandes religiones para expandirse (la
conversión forzada, la amenaza, la coacción o la intimidación), sino la
promoción de la cultura y la educación en libertad, para que sea la misma razón
la que destierre el oscurantismo. La ética laica fundada
en la razón es paralela al progreso científico. En la defensa
de la racionalidad y de la libertad de conciencia coincidimos con la estrategia
del laicismo, y eso es precisamente lo que nos lleva a participar en esta
jornada y a apoyar acciones y campañas conjuntas con Europa Laica y con otras organizaciones afines.
Podemos constatar que aparecen constantemente, en las declaraciones de obispos,
cardenales y demás delincuentes afines, referencias claras a una reivindicación
del catolicismo ligado al proyecto de imposición de una inventada identidad
europea y presentado como factor decisivo en la
planificación de un mercadeo global de las conciencias. Por otra parte, la
ofensiva de un Islam belicoso, intransigente y expansivo, azuzado por el neocolonialismo
y por las agresiones militares, o el auge del fundamentalismo y del
creacionismo en el ámbito anglosajón, hacen que la amenaza de un retorno al
integrismo del Medievo no sea del todo despreciable. El
clericalismo ha demostrado, a lo largo de su historia, que es capaz de aliarse
con quien más le convenga.
Decía Flores dArcais, en
una entrevista publicada en El País no
hace mucho, que la estrategia vaticana cuestiona toda la modernidad y
constituye una especie de teología de
En estas circunstancias, es perentorio difundir una conciencia de rechazo que
denuncie abiertamente las estrategias del oscurantismo religioso. Del mismo
modo, también es necesario abandonar cualquier torpe referencia al respeto
por las creencias ajenas, como si el sano ejercicio de la tolerancia debiera
incluir toda la inmensa red de absurdos contenida en el programa de los
monoteísmos históricos, o como si cualquier idea aberrante fuera digna de ser
escuchada y tomada en serio.
Es indudable que el derecho a la libre expresión
prima sobre la coacción de lo éticamente impuesto, y que la crítica subversiva,
aún en la forma de una agresión simbólica a profetas, dioses o animales
mitológicos, no puede ser jamás silenciada, y mucho menos por una supuesta
primacía moral de determinadas actitudes conciliadoras.
Los milicianos de Cristo defienden teorías no
científicas y las introducen en las escuelas, retocan la nomenclatura urbana en
honor de sus jefes o erigen monumentos con sus iconos publicitarios. La casta
sacerdotal incita frecuentemente a la insumisión civil, arrastra a sus fieles a
manifestarse exigiendo privilegios discriminatorios con respecto a la población
no católica y ejerce una presión constante sobre la comunidad científica y
sobre las instituciones democráticas.
Acogiéndose a los Acuerdos anticonstitucionales
entre el Vaticano y el Estado español, la Iglesia católica disfruta de un trato
de favor con respecto a otras confesiones religiosas u otras posturas éticas y
filosóficas, de una financiación pública más o menos disimulada y de
prerrogativas para la transmisión de sus códigos morales y de sus leyendas
mitológicas mediante la educación en centros públicos y privados. Conforma una
estructura no democrática que impone a la ciudadanía no sólo el magma teórico
de sus fábulas, sino, sobre todo, el tipo de reacciones, decisiones y
preferencias que ésta debe adoptar frente a problemáticas sociales determinadas.
Por medio de la elaboración de respuestas de tipo moral tendentes al
mantenimiento de la hegemonía histórica adquirida, la Iglesia católica continúa
manipulando a la opinión pública y disfrutando en nuestro país de una enorme
resonancia mediática.
Un ejemplo reciente de ello son las declaraciones
del Arzobispo de Barcelona, Luís Martínez Sistach,
realizadas en su Carta Pastoral del pasado 24 de septiembre. Denunciando una
actitud generalizada, a su entender, de indiferencia
religiosa, arremete contra la cultura
dominante de carácter racionalista y afirma que un estilo de vida pragmático y hedonista vacía progresivamente las
conciencias de una inspiración cristiana de contenido ético.
El débil argumento, ya
de sobra conocido, de la desertización cultural y de la crisis de valores,
que pretende ser el lenitivo a un problema inexistente, no pasa de constituir
una excusa para menospreciar una ética autónoma libre de la obediencia a
autoridades sobrenaturales y a revelaciones divinas. Pero recordemos la lección
magistral de Ratzinger: la raíz de todo mal se
encuentra, para estos hechiceros, en los valores de la Ilustración, es decir,
en la libertad de conciencia y de expresión, la democracia, la crítica social,
la ética laica y los derechos del individuo.
La función de tutelaje moral de la ICAR prolonga su
dominación ideológica, pero la extinción del complejo religioso
y de su moral heterónoma es cuestión de tiempo. De manera que, ante el espectáculo de una
secta que quiere seguir imponiendo sus normas y sus valores, no es extraño que
buena parte de la población recupere la herencia de un anticlericalismo y de un
laicismo que, lejos de presentarse como una actitud trasnochada, fanatizada y
violenta, es hoy ante todo un síntoma positivo de la recuperación de las
virtudes ilustradas por parte de una sociedad ya madura y capaz de ejercer públicamente
su derecho a la crítica.
Sólo la emancipación de
las formas alienantes de la religión puede producir que se alcance un
fundamento racional de la convivencia social, que rompa definitivamente con ese
legado mítico ilusorio, y que favorezca el desarrollo de objetivos tendentes a
una sociedad más justa, más libre y con mayor capacidad crítica. Intentar que
esta emancipación histórica se haga realidad es la base de nuestra propuesta.
***
Mi agradecimiento
especial a Juan Francisco González Barón, Presidente de Europa Laica, por su
amable invitación a que la FIdA participara en esta
Jornada. A todos los ponentes, participantes y asistentes a la misma, por su labor
y por su esfuerzo en defensa del laicismo y de los derechos y libertades de la
ciudadanía, y, finalmente, a