Manifiesto Ateísta
Sam Harris
www.truthdig.com, 12/7/05
[Traducción: J.C. Álvarez]
http://filomat.blogspot.com/2006/10/manifiesto-atestasam-harriswww_11.html
Nota del Editor: En una época en que la religión fundamentalista ejerce una influencia
sin precedentes en los niveles más elevados del gobierno de los Estados Unidos,
y en que el terror de origen religioso domina el escenario mundial, Sam Harris argumenta que la
tolerancia "progresista" hacia la irracionalidad basada en la fe es
una amenaza tan grande como la religión misma. Harris,
graduado en filosofía por la Universidad de Stanford,
ha estudiado las religiones orientales y occidentales, y ha obtenido el premio Pen Award 2004 de no ficción por The End of
Faith, una obra que examina y pulveriza
implacablemente los absurdos de la religión organizada. Truthdig.com pidió a Harris que escribiera un documento para explicar su tesis
de que la creencia en Dios, así como el intento de aplacar a los religiosos
extremistas de todas las creencias por parte de los moderados, ha sido y sigue
siendo la mayor amenaza para la paz mundial y un asalto continuado a la razón.
En algún lugar del mundo un hombre ha secuestrado a una niña. Pronto la
violará, la torturará y
La respuesta a ambas preguntas es muy clara: NO.
Todo el ateísmo está contenido en la anterior respuesta. El ateísmo no es una
filosofía; no es ni siquiera una opinión sobre el mundo;
Es preciso señalar que nadie necesita identificarse
como un no-astrólogo o un no-alquimista. Por consiguiente, no tenemos ningún
nombre para definir a las personas que niegan la validez de estas pseudo-disciplinas. De la misma forma, el ateísmo es un
término que ni siquiera debería existir. El ateísmo no es más que la protesta
manifestada por la gente razonable en presencia del dogma religioso. El ateo es
simplemente una persona que cree que los 260 millones de americanos (el 87 % de
la población) que afirman no dudar jamás de la existencia de Dios son los que
están obligados a presentar pruebas de su existencia y, ciertamente, de su
benevolencia, considerando la destrucción implacable de seres humanos inocentes
de la que somos testigos a diario en el mundo. Sólo el ateo aprecia lo
misteriosa que es nuestra presente situación: la mayor parte de los seres
humanos creen en un Dios que, en todos los aspectos, es tan fantástico como los
dioses del Olimpo; ninguna persona, independientemente de sus méritos y
capacidades, puede acceder a un cargo público en los Estados Unidos si no
afirma estar totalmente convencida de que ese Dios existe; y una gran parte de
la política pública de nuestro país responde a tabúes religiosos y a
supersticiones propias de una teocracia medieval. Nuestra circunstancia es abyecta, indefendible y aterradora. Podría incluso resultar
graciosa si lo que estuviera en juego no fuera tan importante.
Vivimos en un mundo donde todas las cosas, buenas y malas, finalmente resultan
destruidas por el cambio. Los padres pierden a sus hijos y los hijos a sus
padres. Los maridos y las esposas se separan en un instante, para no
reencontrarse jamás. Los amigos se apartan unos de otros con celeridad, sin
saber que no volverán a verse. Esta vida, cuando se inspecciona con un amplio
vistazo, presenta poco más que un enorme espectáculo de pérdidas. La mayoría de
la gente de este mundo, sin embargo, se imagina que existe una cura para todo
lo anterior. Si vivimos correctamente --no necesariamente de manera ética, sino
dentro del marco de ciertas creencias antiguas y de comportamientos
estereotipados-- conseguiremos todo lo que queramos después de morir. Cuando
finalmente nuestros cuerpos nos fallen, tan sólo nos desharemos de nuestro
lastre corpóreo para viajar a una tierra donde nos reuniremos con todas las
personas a las que amábamos cuando vivíamos. Por supuesto, la gente demasiado
racional y demás chusma serán excluidas de ese lugar feliz, y los que hayan
suspendido su incredulidad mientras vivían será libres de disfrutar de dicho
lugar para toda la eternidad.
Vivimos en un mundo lleno de sorpresas
inimaginables --desde la energía de fusión que hace que el sol brille, hasta
las consecuencias genéticas y evolutivas de esta danza luminosa sobre la Tierra
a lo largo de los eones-- y, a pesar de todo, el Paraíso se conforma a nuestros
intereses más superficiales con la misma comodidad que un crucero por el
Caribe. Lo anterior resulta extraordinariamente curioso. Si uno no supiera nada
del asunto, pensaría que el hombre, en su temor a perder todo aquello que le
gusta, había creado el Cielo, con su Dios de portero, a su propia imagen y
semejanza.
Consideremos la destrucción que el Huracán Katrina trajo sobre Nueva Orleans.
Más de mil personas murieron, decenas de miles perdieron todos sus bienes
terrenales, y casi un millón fueron desplazadas. Es casi seguro que
prácticamente toda persona que vivía en Nueva Orleans
en el momento de la tragedia del Katrina creía en un
Dios omnipotente, omnisciente y compasivo. ¿Pero qué hacía Dios mientras un
huracán arrasaba su ciudad? Seguramente oyó los rezos de los ancianos y las
mujeres que huían de la crecida de las aguas buscando la seguridad de sus
azoteas, sólo para ahogarse lentamente en éstas. Eran personas de fe. Eran
hombres y mujeres buenos que habían rezado durante toda su vida. Sólo el ateo
tiene el coraje de admitir lo evidente: esta pobre gente murió hablando con un
amigo imaginario.
Desde luego, hubo claros signos de que una tormenta
de dimensiones bíblicas golpearía a Nueva Orleans, y
la respuesta humana al consiguiente desastre fue trágicamente inepta. Pero fue
inepta sólo a la luz de
Mientras el Huracán Katrina
devoraba Nueva Orleans, casi mil peregrinos chiítas
eran pisoteados hasta morir en un puente de Irak. No hay duda de que estos
peregrinos creían vigorosamente en el Dios del Corán: sus vidas estaban
organizadas en torno al hecho indiscutible de su existencia; sus mujeres
caminaban veladas delante de él; sus hombres se mataban entre sí con regularidad
por interpretaciones rivales de su palabra. Sería notable que un solo
superviviente de esta tragedia perdiera su fe. Es más probable que los
supervivientes se imaginen que ellos fueron salvados por la gracia de Dios.
Sólo el ateo reconoce el narcisismo y el autoengaño
ilimitados de quien se cree "salvado por Dios". Sólo el ateo
comprende lo moralmente rechazable que es el hecho de que los supervivientes de
una catástrofe se crean salvados por el amor de Dios, mientras este mismo Dios
ha ahogado a niños en sus cunas. Puesto que el ateo se niega a disfrazar la
realidad del sufrimiento del mundo con una empalagosa fantasía de vida eterna,
el ateo siente en sus carnes lo preciosa que es la vida ---y qué terrible
desgracia es realmente que millones de seres humanos sufran el más terrible
menoscabo de su felicidad por ninguna razón en absoluto.
Es inevitable preguntarse cuán enorme y gratuita debe ser una catástrofe para
que sacuda la fe del mundo. El Holocausto nazi no lo hizo. Tampoco el genocidio
de Ruanda, aunque hubiera sacerdotes armados con machetes entre los autores. Quinientos
millones de personas murieron de viruela en el siglo XX, muchos de ellos niños.
Los caminos de Dios son ciertamente inescrutables. Parece que cualquier hecho,
no importa lo desgraciado que sea, puede ser compatible con la fe religiosa. En
los asuntos de la fe, hemos perdido cualquier tipo de contacto con la realidad.
Desde luego, las personas de fe afirman
regularmente que Dios no es responsable del sufrimiento humano. ¿Pero de qué
otro modo podemos entender la afirmación de que Dios es a la vez omnisciente y
omnipotente? No hay ningún otro modo de entender el asunto, y es hora de que
los seres humanos cuerdos lo asuman. Se trata del problema histórico de la
teodicea, que deberíamos considerar ya resuelto. Si Dios existe, no puede hacer
nada para detener las más terribles calamidades o no se preocupa por hacerlo. Dios,
por lo tanto, es impotente o malvado. Los lectores piadosos realizarán ahora la
siguiente pirueta: Dios no puede ser juzgado por las simples normas humanas de
moralidad. Pero, desde luego, las normas humanas de moralidad son precisamente
las que los fieles emplean en primer lugar para establecer la bondad de Dios. Y
cualquier Dios que se preocupe por algo tan trivial como el matrimonio gay, o
el nombre por el que los fieles se dirigen a él durante el rezo, no es tan
inescrutable como parece. Si existiera, el Dios de Abrahám
sería bastante despreciable: no sólo sería indigno de la inmensidad de la
creación, sino que sería indigno hasta del propio ser humano.
Hay otra posibilidad, desde luego, y es a la vez la
más razonable y la menos odiosa: el Dios bíblico es una ficción. Como ha
observado Richard Dawkins, todos somos ateos en lo
que concierne a Zeus y Thor. Sólo el ateo ha
comprendido que el dios bíblico no es en absoluto diferente de Zeus o de Thor. Por consiguiente, sólo el ateo es lo bastante
compasivo para considerar la profundidad del sufrimiento humano en toda su
abrumadora realidad. Es terrible que muramos y perdamos todo lo que nos gusta;
es doblemente terrible que tantos seres humanos sufran innecesariamente
mientras viven. Que gran parte de este sufrimiento pueda ser atribuido
directamente a la religión --a los odios religiosos, las guerras religiosas,
las ilusiones religiosas y las luchas religiosas por recursos escasos-- es lo
que hace del ateísmo una necesidad moral e intelectual. Es una necesidad, sin
embargo, que sitúa al ateo en los márgenes de
La Naturaleza de la Creencia
Según varias encuestas recientes, el 22 % de los
americanos están totalmente convencidos de que Jesús volverá a la Tierra algún
día durante los próximos 50 años. Otro 22 % cree que lo anterior es bastante
probable. Seguramente este mismo 44 % de americanos son los que van a la
iglesia una vez por semana o más, que creen literalmente que Dios prometió la
tierra de Israel a los judíos, y que quieren prohibir la enseñanza del hecho
biológico de la evolución a nuestros hijos. Como bien sabe el Presidente George W. Bush, los creyentes de
esta categoría constituyen el segmento más cohesionado y motivado del
electorado americano. Por consiguiente, sus opiniones y prejuicios influyen en
casi todas las decisiones de importancia nacional. Los políticos liberales
parecen haber extraído una lección incorrecta de estos acontecimientos y han
vuelto su mirada hacia las Escrituras, preguntándose cómo podrían congraciarse
con las legiones de hombres y mujeres de nuestro país que votan en gran parte
en base al dogma religioso. Más del 50 % de los americanos tiene una opinión
"negativa" o "sumamente negativa" de la gente que no cree
en Dios; el 70 % piensa que es muy importante que los candidatos a la
presidencia sean "firmemente religiosos". La irracionalidad se
encuentra ahora en ascenso en los Estados Unidos --en nuestras escuelas, en
nuestros tribunales y en cada rama del gobierno federal. Sólo el 28 % de los
americanos cree en la evolución; el 68 % cree en Satán. Una ignorancia de este
calibre, concentrada tanto en la cabeza como en el vientre de una superpotencia
sin rival, es ahora un problema para el mundo entero.
Aunque sea bastante fácil para la gente de buen
tono criticar el fundamentalismo religioso, la llamada "moderación
religiosa" todavía disfruta de un gran prestigio en nuestra sociedad,
incluso dentro de la torre de marfil. Lo anterior resulta irónico, ya que los
fundamentalistas tienden a hacer un uso de sus cerebros más basado en
principios que los "moderados". Aunque los fundamentalistas
justifiquen sus creencias religiosas con pruebas y argumentos
extraordinariamente pobres, al menos intentan dar una justificación racional. Los
moderados, en cambio, generalmente no hacen más que citar las consecuencias
benéficas de la creencia religiosa. En lugar de decir que creen en Dios porque
ciertas profecías bíblicas se han cumplido, los moderados dirán que ellos creen
en Dios porque esta creencia "da sentido a sus vidas".
Cuando un tsunami mató a cien mil personas el día
siguiente al de Navidad, los fundamentalistas interpretaron fácilmente este
cataclismo como una prueba de la ira de Dios. Al parecer, Dios había enviado
otro mensaje oblicuo a la humanidad sobre los males del aborto, la idolatría y
Es completamente absurdo sugerir, como hacen los
religiosos moderados, que un ser humano racional pueda creer en Dios
simplemente porque esta creencia le hace feliz, porque alivia su miedo a la
muerte o porque otorga sentido a su vida. La absurdidad se hace obvia en el
momento en que cambiamos la noción de Dios por alguna otra proposición de
consuelo: imaginemos, por ejemplo, que un hombre quiere creer que existe un
diamante enterrado en algún lugar de su patio trasero, y que ese diamante es
del tamaño de un refrigerador. Sin duda, se sentirá extraordinariamente bien al
creer esto. Imaginemos qué pasaría entonces si ese hombre siguiera el ejemplo
de los religiosos moderados y mantuviera dicha creencia según líneas
pragmáticas: cuando se le pregunta por qué piensa que hay un diamante en su
patio trasero y que además ese diamante es miles de veces mayor que ninguno aún
descubierto, el hombre dice cosas como las siguientes: "Esta creencia da
sentido a mi vida", o "Mi familia y yo disfrutamos cavando para
encontrarlo los domingos", o "Yo no querría vivir en un universo
donde no hubiera un diamante enterrado en mi patio trasero y que fuera del tamaño
de un refrigerador". Claramente estas respuestas son inadecuadas. Pero son
peores que esto. Son las respuestas de un loco o de un idiota.
Aquí podemos ver por qué la apuesta de Pascal, el
salto de fe de Kiergegaard y otros esquemas
epistemológicos fideístas no tienen el menor sentido.
Creer que Dios existe es creer que uno se encuentra en alguna relación con su
existencia, tal que dicha existencia es ella misma la razón de la creencia de
uno. Debe haber alguna conexión causal, o al menos una apariencia de la misma,
entre el hecho en cuestión y la aceptación de ese hecho por parte de
La incompatibilidad entre la razón y la fe ha sido
un rasgo evidente de la cognición humana y del discurso público durante siglos.
Una persona tiene buenas razones para creer firmemente lo que cree o lo que no
cree. Las personas de todos los credos generalmente reconocen la primacía de
las razones, y recurren al razonamiento y a las pruebas siempre que pueden. Cuando
la indagación racional apoya el credo, aquélla siempre es defendida; cuando
representa una amenaza, es ridiculizada, a veces en la misma sentencia. Sólo
cuando las pruebas a favor de una doctrina religiosa son escasas o
inexistentes, o existe una evidencia aplastante en su contra, sus defensores
invocan la "fe". Dicho de otro modo, los fieles simplemente citan los
motivos para defender sus creencias (por ejemplo, "el Nuevo Testamento
confirma las profecías del Antiguo testamento", "yo vi la cara de Jesús en una ventana", "rezamos, y
el cáncer de nuestra hija comezó a remitir"). Tales
razones son generalmente inadecuadas, pero son mejores que ninguna razón en
absoluto. La fe no es más que la licencia que la gente religiosa se otorga a sí
misma para seguir creyendo cuando las razones fallan. En un mundo que ha sido
dividido por creencias religiosas mutuamente incompatibles, en una nación que
se encuentra cada vez más sometida a concepciones propias de la Edad de Hierro
acerca de Dios, el final de historia y la inmortalidad del alma, esta división
perezosa de nuestro discurso en asuntos de razón y asuntos de fe es
sencillamente inadmisible.
La Fe y
La gente de fe afirma regularmente que el ateísmo
es responsable de algunos de los crímenes más espantosos del siglo XX. Aunque
sea cierto que los regímenes de Hitler, Stalin, Mao y Pol
Pot eran irreligiosos en diversos grados, no eran
especialmente racionales. De hecho, sus declaraciones públicas eran poco más
que letanías de ilusiones --ilusiones sobre la raza, la identidad nacional, la
marcha de la historia o los peligros morales del intelectualismo. En muchos
sentidos, la religión fue directamente culpable aun en estos casos. Consideremos
el Holocausto: el antisemitismo que construyó pieza a pieza los crematorios
nazis era una herencia directa del cristianismo medieval. Durante siglos, los
alemanes religiosos habían visto a los judíos como la peor especie de herejes,
y habían atribuido todos los males sociales a su presencia continuada entre los
fieles. Mientras que el odio a los judíos en Alemania se expresaba de un modo
predominantemente secular, la demonización religiosa
de los judíos continuó existiendo en Europa. (El propio Vaticano perpetuó el
libelo de la sangre en sus publicaciones, en una fecha tan tardía como 1914.)
Auschwitz, el Gulag
y los campos de la muerte no son ejemplos de lo que ocurre cuando la gente se
hace demasiado crítica con las creencias injustificadas; al contrario, estos
horrores son un testimonio de los peligros que conlleva el no pensar lo
bastante críticamente sobre ideologías seculares específicas. Está de más decir
que un argumento racional contra la fe religiosa no es un argumento para
abrazar ciegamente el ateísmo como dogma. El problema expuesto por el ateo no
es otro que el problema del dogma mismo --del que toda religión participa en un
grado extremo. No existe ninguna sociedad en la historia escrita que haya
sufrido porque su gente se volviera demasiado razonable.
Aunque la mayor parte de los americanos creen que
deshacerse de la religión es un objetivo imposible, la mayor parte del mundo
desarrollado ya lo ha logrado. Cualquier relato sobre un supuesto "gen
religioso", que haga que la mayoría de los americanos organicen
desvalidamente sus vidas alrededor de antiguas obras de ficción religiosa, debe
explicar por qué tantos habitantes de otras sociedades del Primer Mundo parecen
carecer de dicho gen. El nivel de ateísmo existente en el resto del mundo
desarrollado refuta cualquier argumento de que la religión sea de algún modo
una necesidad moral. Países como Noruega, Islandia, Australia, Canadá, Suecia,
Suiza, Bélgica, Japón, Países Bajos, Dinamarca y el Reino Unido se encuentran
entre las sociedades menos religiosas de
Los países con altos niveles de ateísmo también son
los más caritativos en términos de la prestación de ayuda extranjera al mundo
en desarrollo. El dudoso eslabón existente entre el fundamentalismo cristiano y
los valores cristianos también es refutado por otros índices de caridad. Consideremos
la proporción entre los salarios de los altos ejecutivos y de los empleados
medios: en Gran Bretaña es de
La Religión como Fuente de
Violencia
Uno de los mayores desafíos afrontados por la
civilización en el siglo XXI es que los seres humanos aprendan a hablar sobre
sus intereses personales más profundos --sobre la ética, la experiencia
espiritual y la inevitabilidad del sufrimiento
humano-- de un modo que no sea flagrantemente irracional. Nada obstaculiza más
el camino de este proyecto que el respeto que concedemos a la fe religiosa. Doctrinas
religiosas incompatibles han balcanizado nuestro mundo en comunidades morales
separadas --cristianos, musulmanes, judíos, hindúes, etc.-- y estos desacuerdos
se han convertido en una fuente continua de conflicto humano. Ciertamente, la
religión es hoy en día una fuente activa de violencia, tanto como lo fue en cualquier
momento del pasado. Los conflictos recientes en Palestina (judíos contra
musulmanes), los Balcanes (serbios ortodoxos contra croatas católicos; serbios
ortodoxos contra musulmanes bosnios y albaneses), Irlanda del Norte
(protestantes contra católicos), Cachemira (musulmanes contra hindúes), Sudán
(musulmanes contra cristianos y animistas), Nigeria (musulmanes contra
cristianos), Etiopía y Eritrea (musulmanes contra cristianos), Sri Lanka
(budistas cingaleses contra hindúes tamiles), Indonesia (musulmanes contra
cristianos timoreses), Irán e Irak (musulmanes
chiítas contra musulmanes sunníes), y Cáucaso (rusos ortodoxos contra musulmanes chechenos; musulmanes azerbaijanos contra armenios
católicos y ortodoxos) son simplemente algunos ejemplos. En estos lugares, la
religión ha sido la causa explícita de literalmente millones de muertos en los
últimos 10 años.
En un mundo dividido por la ignorancia, sólo el
ateo rechaza negar lo evidente: la fe religiosa promueve la violencia humana a
un nivel asombroso. La religión inspira la violencia en al menos dos sentidos:
(1) a menudo las personas matan a otros seres humanos porque creen que el
Creador del Universo quiere que así lo hagan (el corolario psicopático
inevitable es que tal acto les asegurará una eternidad de felicidad después de
la muerte). Los ejemplos de este tipo de comportamiento son prácticamente
innumerables, siendo el más destacado el de los terroristas suicidas jihadistas. (2) Un número cada vez mayor de personas se
encuentran inclinadas hacia el conflicto religioso, simplemente porque su
religión constituye el corazón de sus identidades morales. Una de las patologías
duraderas de la cultura humana es la tendencia a educar a los niños en el temor
y a demonizar a otros seres humanos en base a
A pesar de todos estos hechos innegables, los
religiosos moderados tienden a imaginarse que el conflicto humano es siempre
reducible a la carencia de educación, a la pobreza o a los agravios políticos. Ésta
es una de las muchas ilusiones de la piedad liberal. Para disiparla, sólo
tenemos que pensar en el hecho de que los secuestradores del 11-S eran
universitarios de clase media-alta que no tenían ninguna historia conocida de
opresión política. Sin embargo, habían pasado una cantidad de tiempo excesiva
en su mezquita local, oyendo hablar de la depravación de los infieles y de los
placeres que esperan a los mártires en el Paraíso. ¿Cuántos arquitectos e
ingenieros mecánicos deberán volver a estrellarse contra una pared a
¿Por qué la religión es una
fuente tan poderosa de violencia humana?
* Nuestras religiones son intrínsecamente
incompatibles entre sí. Jesús resucitó de entre los muertos y volverá a la
Tierra como un superhéroe, o no; el Corán es la palabra infalible de Dios, o no
lo es. Cada religión hace afirmaciones explícitas sobre el modo en que es el
mundo, y la profusión abrumadora de estas afirmaciones incompatibles --que
además son dogmas de fe obligatorios para todos los creyentes-- crea una base
duradera para el conflicto.
* No hay ninguna otra esfera del discurso en la que
los seres humanos articulen de manera tan clara sus diferencias mutuas, o en la
que expresen estas diferencias en términos de recompensas y castigos eternos. La
religión es la única realidad humana en la que el pensamiento nosotros-ellos
alcanza una importancia trascendente. Si una persona cree realmente que llamar
a Dios por su nombre correcto puede marcar la diferencia entre la felicidad
eterna y el sufrimiento eterno, entonces se hace bastante razonable tratar más
bien mal a los herejes e incrédulos. Hasta puede ser razonable matarlos. Si una
persona piensa que hay algo que otra persona puede decirles a sus hijos que
podría poner sus almas en peligro para toda la eternidad, entonces el vecino
hereje es en realidad mucho más peligroso que el más sádico violador infantil. Los
estigmas de nuestras diferencias religiosas son enormemente más pronunciados
que los nacidos del mero tribalismo, del racismo o de
la política.
* La fe religiosa es un poderoso obstáculo al
diálogo. La religión no es más que el área de nuestro discurso en la que la
gente se protege sistemáticamente de la exigencia de aportar pruebas en defensa
de sus creencias firmemente sostenidas. Y así y todo, estas creencias de las
personas a menudo determinan para qué viven, para qué morirán, y --demasiado a
menudo-- para qué matarán. Éste es un problema muy grave, porque cuando los
estigmas diferenciales son muy pronunciados los seres humanos sólo tienen una
opción entre el diálogo y
El objetivo de la civilización no puede ser la
tolerancia mutua ni la irracionalidad manifiesta. Aunque todos los partidarios
del discurso religioso liberal han acordado pasar de puntillas por aquellos
puntos en los que sus visiones del mundo chocan frontalmente, esos mismos
puntos seguirán siendo fuentes de conflicto perpetuo para sus correligionarios.
La corrección política, por lo tanto, no ofrece una base duradera para la
cooperación humana. Si la guerra religiosa debe hacerse inconcebible para
nosotros, del mismo modo que ya lo son la esclavitud y el canibalismo, ello
sólo será posible si prescindimos de todos los dogmas de fe.
Cuando tenemos razones para creer lo que creemos,
no tenemos ninguna necesidad de fe; cuando no tenemos ninguna razón, o sólo
tenemos malas razones, hemos perdido nuestra conexión con el mundo y con los
seres humanos. El ateísmo no es sino un compromiso con el nivel más básico de
honestidad intelectual: las convicciones de una persona deberían ser
proporcionales a sus pruebas. Pretender estar seguro de algo cuando no se está
--en realidad, pretender estar seguro sobre proposiciones para las que ni
siquiera es concebible prueba alguna-- es un defecto tanto intelectual como
moral. Sólo el ateo ha comprendido esto. El ateo es simplemente una persona que
ha percibido la mentira de la religión y que ha rechazado convertirla en una
mentira propia.